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Homilías Pascua B I - liturgiapapal.orgas Pascua B .pdf · Celebrar la pascua es hacer pascua, lo...

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HOMILÍAS DOMINICALES TIEMPO DE PASCUA CICLO B
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  • HOMILÍAS DOMINICALES

    TIEMPO DE PASCUA

    CICLO B

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    DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR

    Vigilia pascual “No está aquí; ha resucitado” Así el ángel les indica a María Magdalena, María, la madre de Santiago, y a Salomé que no busquen a Jesús entre los muertos. Ese no es su lugar. Su lugar es entre los vivos, porque ha resucitado. Dios, que existe desde siempre, es la luz. Al crear el mundo, quiso establecer objetos que alumbraran, que nos sirvieran de símbolos de su bondad, que separaran la luz de las tinieblas (1ª lectura, Gen 1). Sin embargo, por el pecado de nuestros primeros padres, las tinieblas cubrieron al mundo, y no podíamos ver a la verdadera luz, a Dios. La luz vino al mundo hecha hombre (Jn 1, 9) para iluminarnos, pero fue clavado a un madero, y la oscuridad cubrió toda la tierra (Lc 23, 44). Dios salvó a Isaac de ser sacrificado, pero no libró a su Hijo de la cruz (2ª lectura, Gen 22). “¡Para rescatar al esclavo entregaste al Hijo!”, hemos dicho en el pregón pascual. Sin embargo, el poder de Dios fue más grande, y liberó a Jesús de la muerte por medio de la resurrección. En medio de la oscuridad hemos encendido el Cirio Pascual, como símbolo de que la luz ha vuelto al mundo con la resurrección del Señor. Con el cirio hemos caminado, como el pueblo que camina hacia la claridad (6ª lectura, Bar 3). Todos hemos recibido la luz del cirio. Ahora todos estamos iluminados por él, que ha vencido a la oscuridad de la muerte, y

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    por eso nos alegramos y cantamos Gloria a Dios, mientras repican las campanas. Con su Pascua, Dios ha establecido una nueva alianza, que es perpetua (5ª lectura, Is 55), porque está sellada con la sangre del verdadero Cordero, y se han ahuyentado los pecados, lavado las culpas, se ha devuelto la inocencia a los caídos, la alegría a los tristes, se ha expulsado el odio y ha traído la concordia, como escuchamos en el pregón. Hemos escuchado que una nube, que era luz para los israelitas, mantuvo a salvo al pueblo elegido, que fue salvado finalmente pasando a través del agua (3ª lectura, Ex 14). Esa fue la pascua antigua, el paso liberador de la esclavitud a través de las aguas. En su Pascua, Cristo pasó de la muerte a la vida. Al pasar él, nos abrió el camino para que nosotros pasemos y dejemos atrás la esclavitud del pecado mediante el agua. Como explica san Pablo, en el bautismo quedamos debajo del agua como símbolo de que morimos con Cristo, para que al salir del agua, salgamos con Jesús de la muerte (Epístola, Rm 6). Con el bautismo, Jesús nos incorpora a su Iglesia, que es su esposa (4ª lectura, Is 54), nos libera y nos purifica mediante el agua (7ª lectura, Ez 36). Pero hace algo más, nos hace renacer. Nacemos a la gracia, a la vida en él. El bautismo es nuestra pascua personal, en la que dejamos atrás la esclavitud, las tinieblas y el pecado, para pasar a una vida nueva, la vida en Cristo. En esta noche muchos catecúmenos se incorporarán a Cristo por medio del bautismo. Nos alegramos de que se aumente el número de los fieles, y oramos por ellos, para que se iluminen interiormente con la luz de Jesuristo.

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    Los que ya hemos sido bautizados, renovamos nuestro bautismo esta noche santa. Renunciaremos nuevamente a Satanás, pidiéndole ayuda a Dios para alejarnos de todo pecado. Renovaremos nuestra fe en Dios, pidiéndole que nos aumente la fe. Y seremos rociados con agua, pidiéndole a Cristo que nos una más a él, como dos gotas que se unen o como dos llamas que arden juntas. Nos unimos a Santa María, que se alegra porque el que mereció llevar en su seno ha resucitado en verdad, porque esta noche santa, la luz ha vuelto para iluminarnos, para lavarnos por el agua de la esclavitud de la muerte y del pecado. Aleluya.

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    Misa del día “Vieron que la piedra ya estaba quitada” El sepulcro ha sido abierto. La diestra del Señor, que es poderosa, como escuchamos en el salmo, ha removido la piedra. Pero ha hecho más que quitar una losa. Ha hecho el milagro más grande. ¡Ha resucitado! Cierto es que a Jesús lo mataron colgándolo de la cruz, pero Dios lo resucitó al tercer día, como explica san Pedro en la primera lectura. La resurrección es tan real como la crucifixión. Esta es la base de nuestra fe. Los cristianos somos los que creemos en la resurrección, los que confesamos que Cristo ha resucitado. Si Cristo no hubiera resucitado no tendría ningún sentido nuestra fe, dice san Pablo (1 Cor 15, 14).Quedarían pensamientos y enseñanzas que, si nos convencieran, seguiríamos. Pero nosotros no seguimos ideas. Nosotros seguimos a una persona viva, a Jesús resucitado. Nuestra religión no es una doctrina filosófica o moral. Es una relación con una persona viva, a quien imitamos, porque él es el Camino, la Verdad y la Vida (Jn 14, 6) Nuestra fe es en una persona que resucitó. Por eso, la Pascua es la principal celebración de los cristianos. El año litúrgico gravita en torno a la Pascua, porque es el centro y raíz de nuestra fe. Esta es una celebración tan grande que no cabe en un día, y se extiende en un gran domingo que es la Octava de Pascua; tan grande que se extiende por la cincuentena pascual; tan grande que el primer día de cada semana, el día en que resucitó Jesús, celebramos una pascua semanal. En la secuencia se le pregunta a María Magdalena, “¿Qué has visto de camino, María, en la mañana?” Tu y yo somos invitados, como la

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    Magdalena, como María, la madre de Santiago, como Salomé, como Pedro y como Juan a salir a encontrar al Señor glorioso todos los domingos, y todos los días en el banquete pascual de su amor. En la segunda lectura, san Pablo nos invita a celebrar la Pascua de un modo particular: pasar de ser pan fermentado a pan sin fermentar. El pan se fermenta con levadura. La levadura es un hongo unicelular. La invitación de san Pablo es, por tanto, a quitar ese hongo de nuestra vida, un hongo que es el vicio y la maldad como el mismo apóstol explica. Celebrar la pascua es hacer pascua, lo que significa dejar los vicios y la maldad. Renacer. Con el bautismo hemos nacido a la vida en Cristo. En la Pascua renovamos nuestro bautismo, nuestro deseo de vivir en el amor de Dios, de pertenecer a la comunidad que cree en el resucitado, salir de la esclavitud del pecado. Precisamente una vida nueva es el mensaje pascual. La resurrección no consistió en que se reanimara un cuerpo muerto, como en el caso de Lázaro. La resurrección consistió en una nueva posibilidad de ser hombre, con un cuerpo glorioso que no morirá. La resurrección de Jesús nos abre un nuevo futuro. Por el bautismo y la vida de fe nosotros nos inscribimos a ese futuro. Invocamos a Santa María, para que nos ayude a ser partícipes de su alegría en la resurrección de su Hijo, para que nos haga capaces de sentirlo como el Viviente, actuando entre nosotros, y para que nos haga capaces de abrirnos a su vida nueva que nos transforma.

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    II Domingo de Pascua “Trae acá tu mano, métela en mi costado” Con esta invitación Jesús derrumba la incredulidad de Tomás en la resurrección. ¡Está vivo! Tomás podía verlo y tocarlo y, además, podía meter su mano en el costado, para estar cerca de su corazón, que en la cruz reventó de amor por nosotros. Jesús quiso que su cuerpo glorioso conservara las llagas, que permaneciera abierto su costado para que Tomás, y para que nosotros, podamos tener un acceso directo a su corazón, a su amor, a su misericordia. Ante Jesús resucitado nos quedamos sorprendidos de todo su amor que lo llevó a morir y a resucitar por nosotros. Es por ello que, en este segundo domingo de Pascua, dedicado misericordia, nosotros que tememos al Señor sólo podemos decir con las casas de Israel y de Aarón “su misericordia es eterna”, como ya repetimos en el salmo. Reconocer esa misericordia abre el paso al cambio más profundo de cualquier corazón humano, al arrepentimiento sincero, a la confianza en ese Dios que vence el mal con la fuerza del amor. Dios nos ama a todos, sin importar cuan grandes sean nuestras faltas. Él quiere que reconozcamos que su misericordia es más grande que nuestros pecados, y que nos acerquemos a él, para pedirle perdón. Es tanto el amor de Jesús por nosotros, que quiso dejar una huella de su misericordia en el sacramento de la Confesión. Como escuchamos en el Evangelio, a los apóstoles les dio el poder de perdonar los pecados.

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    Este domingo se llama de la divina misericordia desde que así lo decretó san Juan Pablo II, el año 2000, siguiendo las revelaciones privadas que recibió santa Faustina Kowalska. En esas Jesús le dijo que en el sacramento de la penitencia “los milagros más grandes toman lugar y se repiten incesantemente”. Y pidió a todos los fieles que acudiéramos a la confesión pues “así estuviera un alma como un cadáver descompuesto, el milagro de la Divina Misericordia restaura esa alma en plenitud...” No desaprovechemos la posibilidad de que Jesús obre un milagro en nuestra alma. Preparemos una confesión haciendo un buen examen de conciencia, doliéndonos de los pecados que ahí advirtamos, y haciendo un firme propósito de corregir nuestra vida. Señor, así como tu pasaste de la muerte a la vida, nosotros queremos pasar de la muerte espiritual que nos conlleva el pecado a la vida en ti. Gracias por dejarnos un regalo de tu misericordia en la Confesión, que nos permite resucitar cada vez que morimos por el pecado. Además de experimentar nosotros la misericordia de Dios, tenemos que ser testigos de ella, transmisores de su misericordia. Escuchamos que Jesús les dijo a sus apóstoles: “Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo”. En otro pasaje Jesús les da, nos da, la misión concreta: ser misericordiosos como el Padre (Lc 6, 36). Como leímos en la segunda lectura, “conocemos que amamos a los hijos de Dios, en que amamos a Dios”. Lo que también supone que conocemos que amamos a Dios si amamos a sus hijos, porque nos dice que ama a Dios quien cumple sus preceptos, y su nuevo mandamiento fue amarnos unos a otros como él nos ha amado (Jn 13, 34).

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    Este amor a los demás no es teórico. Es práctico. Se debe manifestar en acciones concretas. En la primera lectura, hemos leído cómo vivían los primeros cristianos: “con un solo corazón y una sola alma”. Cada uno amaba al otro como a sí mismo, cada uno amaba a otro como lo amaba Jesús, y por eso es como si tuvieran un mismo corazón. “Todo lo poseían en común y nadie consideraba suyo nada de lo que tenía”, también leímos. Si alguien necesitaba algo, nadie se lo negaba alegando que era suyo. Nosotros debemos seguir este ejemplo. No anteponer nuestros intereses a los de los demás, que pueden estar necesitados. No sólo es una invitación a no tener el dinero como nuestro, cuando podría servir a otros. También supone no tener el tiempo o la comodidad como nuestros. Si estás cansado, no decir estas horas de descanso son para mí, cuando alguien puede necesitar que lo apoyes simplemente escuchándolo o comprendiéndolo. A María, la Madre de misericordia, que se alegra en la resurrección de su Hijo, le pedimos que no nos cansemos nunca de acudir a la misericordia de Dios y de llevarla al mundo.

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    III Domingo de Pascua “Estaban reunidos los apóstoles” Así se encontraban los apóstoles; juntos. A pesar del miedo que podían sentir después de que habían dado muerte a su maestro. Nosotros, apóstoles de Jesús por el bautismo, también nos reunimos en la iglesia, por lo menos, los domingos. El pasaje que escuchamos nos narra tres acciones que realizó Jesús en esa reunión: se les apareció, habló con los discípulos, y comió con ellos. Esas mismas acciones las realiza Jesús resucitado en cada una de nuestras reuniones, en cada Misa. El Evangelio narra que se les apareció. Concretamente dice que “se presentó Jesús en medio de ellos”. Cada vez que nos reunimos, él está presente, pues dijo que donde dos o tres se reúnen en su nombre él está presente en medio de ellos (Mt 18, 15). Pero en las Misas, es aún más intensa esta presencia pues, por las palabras de la Consagración, Jesús resucitado se hace presente realmente bajo las apariencias del pan y del vino. Se hace presente para renovar su ofrecimiento al Padre como víctima de expiación por nuestros pecados, como escuchamos en la segunda lectura. En el Evangelio también escuchamos que Jesús habló con los apóstoles, y les explicó las Escrituras. En cada Misa, Jesús resucitado nos habla. En la Liturgia de la Palabra escuchamos las Escrituras para descubrir a Jesús, para comprender qué quiere decirte a ti hoy y ahora.

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    Nosotros te pedimos, Señor, que como a los apóstoles también nos abras el entendimiento, para que comprendamos las Escrituras, y podamos verte en nuestra vida diaria, en nuestros semejantes que sufren y tienen necesidad. Lo que hicieron los apóstoles fue hablar con él. Escucharlo, pero también decirle cosas. En la Misa puedes hablarle. No solo repetir los textos litúrgicos que corresponden, sino con el corazón alabarlo, darle gracias, y pedirle. Como escuchamos en el salmo, él se apiadará y escuchará nuestra oración. La tercera acción que realizó Jesús fue comer con sus apóstoles. En la Misa no comemos con Jesús, sino que comemos a Jesús, que se nos da como alimento bajo las apariencias del pan y del vino. Cuando comulgas, parece que comiste pan, pero realmente tienes dentro de tu boca, en tu estómago, el mismo cuerpo que se engendró en el vientre de María, que fue colgado en una cruz, que murió y resucitó. La Iglesia nos pide que comulguemos, por lo menos, una vez al año, por Pascua. Ojalá lo podamos hacer más seguido, para vivir continuamente la experiencia de encontrarlo, de tocarlo con nuestra lengua, como invitó Jesús a los apóstoles, y de comerlo a él. Las Misas siguen siendo reuniones de los apóstoles, de los apóstoles actuales, de nosotros, con Jesús resucitado. La Misa es un encuentro personal de cada uno de nosotros con Jesús resucitado que se hace presente, en donde lo escuchamos, le hablamos, Al final de ese encuentro, Jesús les dijo a los apóstoles que ellos eran testigos. A nosotros Jesús nos pide que seamos testigos de su resurrección, como a los apóstoles. Un testigo es quien presencia algo. Aunque nos

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    engañen los sentidos, realmente presenciamos su pasión, muerte y resurrección en cada Misa. Nos encontramos con el resucitado en el pan y en la palabra. Te pedimos, Señor, que nos conceda el don de la fe, para que con esos ojos podamos descubrirte Resucitado en cada Misa; para que cada comunión sea un encuentro contigo, y no con un fantasma, como pensaron los apóstoles; y tras ese encuentro demos testimonio de que tú vives, como como lo dio Pedro, según leímos en la primera lectura. Que la Madre de Dios nos ayude a escuchar con atención la Palabra del Señor y a participar dignamente en la mesa del sacrificio eucarístico, para convertirnos en testigos de la nueva humanidad.

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    IV Domingo de Pascua

    “Yo soy el buen pastor” Esta imagen que da Jesús de sí mismo fue una de las que más conmovió a los primeros cristianos. En las primeras manifestaciones artísticas cristianas, a Jesús se le representaba así, como un pastor que lleva en los hombros a una oveja. Quizá ahora, viviendo en ciudades, las escenas de los pastores nos sean un poco ajenas. Pero si tenemos la oportunidad de verlos, podemos descubrir que los pastores están todo el tiempo con sus ovejas, como Jesús, que ha resucitado, y está vivo siempre junto a nosotros. Podemos descubrir que los pastores están hablándoles a las ovejas constantemente para que reconozcan su voz, como Jesús resucitado, que nos habla en las Escrituras y en el corazón constantemente podemos oís su voz. Otra característica de los pastores es que caminan por delante de las ovejas para mostrarles el camino. Caminan hablando, para que las ovejas los sigan. Jesús resucitado es plenamente pastor porque en la travesía de la muerte, nos guía por el camino de la vida. “El buen pastor da la vida por sus ovejas”, nos dice Jesús. Frente a los lobos que nos asechan, frente al mal del pecado que quiere darnos muerte, él nos protege dando su vida para que nosotros no muramos, sino que tengamos vida en abundancia (Jn 10, 10). El pastor guía a las ovejas caminando delante de ellas. Dar la vida es ir delante, mostrarnos el camino del amor, que no es otra cosa más que dejar nuestro ser por Dios y por los demás. Con el bautismo y siguiendo sus

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    mandamientos, caminamos tras él y nos volvemos hijos de Dios. No solo de nombre, sino en realidad, como escuchamos en la segunda lectura. El Pastor se hizo cordero y se dejó inmolar para tomar sobre sí y quitar el pecado del mundo. Jesús dio su vida porque quiso, como escuchamos. Tenía el poder de hacerlo. Y tenía el poder de volverla a tomar. Al resucitar, se ha vuelto la piedra angular, como dijo Pedro en la primera lectura tomando las palabras del salmo 117, que hemos repetido. La piedra angular es la base de una cimentación, la más importante porque todas las demás se establecerán en referencia a esta piedra, determinando la posición de toda la estructura. También se le llama angular a la piedra de gran tamaño que se coloca para sostener dos muros. Un pastor es la piedra angular de sus ovejas, porque es su referencia y su sostén. Como piedra angular, Jesús debe ser la referencia de nuestra vida. Debe ser la quien nos sostenga, para no caernos. Jesús resucitado, queremos que seas pastor y piedra angular para nosotros; que siempre escuchemos tu voz en las Escrituras y en la oración; y que te sigamos por el camino del amor, de la entrega generosa a Dios y a los demás. Pensemos, cada uno en su corazón, si estamos siendo buenas ovejas. En el pasaje que leímos encontramos una clave sobre qué es ser buena oveja. Dice Jesús que sus ovejas lo conocen. ¿Lo conoces, como él te conoce a ti, que no sólo sabe tu nombre, sino también todo lo que hay en ti? ¿Con la lectura del Evangelio y de la oración sabes qué piensa y qué siente Jesús, para actuar en consecuencia?

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    Si no eres una buena oveja, si estás descarriado, Jesús saldrá a buscarte hasta encontrarte para ponerte sobre sus hombros (Lc 15, 3-7). Déjate cargar por el Buen Pastor, y llevarte de nuevo a su redil. A Santa María, que escuchó y siguió la voz del Buen Pastor, le pedimos que nos ayude a ser buenas ovejas del Resucitado, a estar siempre unidos a la piedra angular, y con la conciencia de estar en las manos paternas de Dios.

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    V Domingo de Pascua “Yo soy la verdadera vid” Con esta imagen Jesús se describe. La vid es la planta cuyo fruto es la uva. Esas plantas tienen unos vástagos o renuevos, que se llaman sarmientos, de donde brotan las hojas y los racimos. Nosotros, los cristianos, somos los sarmientos de Jesús. Somos ese renuevo nudoso de donde deben brotar hojas. Los sarmientos, sin la vid, no pueden subsistir. Si los quitamos, se seca, mueren al poco tiempo. Y una rama seca solo sirve para hacer un buen fuego. Para vivir, los sarmientos tienen que permanecer unidos a la vid. Así nosotros, si queremos tener vida eterna, debemos estar unidos a Jesús resucitado, que nos da la vida, quien hará que nuestro corazón viva para siempre, como escuchamos en el salmo. Con el bautismo fuimos incorporados a Cristo, a la vid. En este pasaje del Evangelio Jesús nos invita a permanecer en él. Muchas cosas se nos presentan como vid: el dinero, los bienes, la tecnología, los placeres. No son malas por sí mismas. Pero no son la vid, ellas no nos dan la vida. No podemos vivir apagados a ellas. La varadera vid es Jesús. Él si nos da la vida eterna. En la segunda lectura escuchamos cómo permanecer en Dios. Nos dice San Juan que permanece en Dios quien cumple sus mandamientos, y nos recuerda que éstos son creer en Jesucristo y amarnos los unos a los otros. Ambos mandamientos están estrechamente unidos. La fe en Jesucristo nos lleva necesariamente a amar a los demás. Los sarmientos están vivos porque reciben la sabia de la vid. Nosotros nos nutrimos de la sabia de Jesús, al

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    pegarnos a él en los sacramentos y en la oración. Ahí nos comunica su sabia, su amor. Un amor que nos permite dar frutos, que no son otra cosa más que el amor a los demás. Él, que es Amor, nos da el amor con el que amamos a los demás. Señor: estamos unidos a ti desde nuestro bautismo, pero no queremos despegarnos de ti; queremos permanecer en tu amor; que nutrirnos con la sabia, el amor que tú nos comunicas cuando te recibimos en la Eucaristía; y que ese ese amor engendre flores y frutos porque a los demás los amamos de verdad y con obras. Una vez que las uvas han producido uvas, y éstas han sido arrancadas en la vendimia, el sarmiento debe ser sometido a una poda. Nosotros, sarmientos, debemos ser también sometidos a podas. Son las purificaciones a las que debemos someternos. Los actos de purificación son dolorosos, pero necesarios. Hay que matar la auto exaltación del hombre. Todo lo que ha crecido demasiado debe de volver de nuevo a la sencillez y a la pobreza del Señor. Esas purificaciones han aparecido a lo largo de la vida de la Iglesia y de los santos. En ellas siempre está presente la muerte de Jesús. Como en el caso de San Pablo, a quien los judíos de habla griega querían darle muerte pro predicar, según escuchamos en la primera lectura. Pero también, tras la purificación está presente la resurrección del Señor porque, tras el invierno, del sarmiento vuelven a aparecer hojas y frutos. A través de los sarmientos, la vid da su fruto, que es la uva. La uva recogida, prensada y fermentada se convierte en vino. Así, esta imagen tiene un trasfondo eucarístico: el fruto de la vid se entregó en la cruz como un sacrificio que fue ofrecido y recogido por el viñador, que es el Padre, en expiación de nuestros pecados.

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    Nosotros participamos de este sacrificio pascual, porque somos los sarmientos. En el ofertorio se habla del fruto de la vid y del trabajo del hombre. El amor que recibimos de Jesús, que se con nuestro trabajo en obras de amor a nuestros semejantes, se lo presentamos al Dios del universo, para que lo transforme en su mismo Jesús. Pon en el altar, junto al vino, tus frutos, tus obras de amor a los demás, y así se por obra del Espíritu Santo se transformarán en el Resucitado. A la mujer qué permaneció más unida a la verdadera vid, porque sus palabras permanecieron en su vientre, le pedimos que nos conceda no separarnos nunca de su Hijo resucitado para participar de su vida eterna.

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    VI Domingo de Pascua “Como el Padre me ama, así los amo yo” Con esta frase, Jesús nos explica la medida de su amor por cada uno de nosotros. La pronuncia antes de su Pasión, en su discurso de despedida. La liturgia nos propone esta frase antes de que celebremos la Ascensión del Señor, porque es como un testamento que nos deja. Antes de irse, quiere que sepamos que nos ama. Este es el por qué de la Pascua, de su muerte y resurrección. Las personas que se aman quieren expresar la cantidad de su amor. Los niños suelen decir el número más grande que conocen cuando se sus papás les preguntan cuánto los quieren. Jesús nos dice que nos ama como el Padre lo ama a él. Dios es amor. Así como lo propio del fuego es quemar, y lo propio del agua es mojar, lo propio de Dios es amar. Y amar sin límites, porque él es un ser infinito. Así es como el Padre ama a su Hijo, y así es como Jesús nos ama. Si pudiéramos contar todas las gotas de agua que hay en la tierra o todos los átomos que existen en el universo, serían de una cantidad pequeña en comparación con el amor que nos tiene Jesús. Es un amor que escapa al número más grande al que pueda llegarse elevado a la máxima potencia. No es un amor teórico. Es un amor real y personal el que nos tiene a ti y a mí. A nosotros es a quienes nos llama amigos, como escuchamos en el Evangelio. Somos amigos de Jesús. Por lo menos, él nos considera sus amigos, y debemos de preguntarnos muchas veces si nos estamos comportando como amigos de Jesús, si lo conocemos, si platicamos con él, si lo frecuentamos en la Eucaristía, en donde nos espera.

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    Aunque no nos comportemos como amigos, él sigue amándonos y abriéndonos sus brazos al perdón, porque como escribió san Juan, que se recostó sobre el corazón de Jesús, el amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó primero y nos envió a su Hijo para expiar nuestros pecados. En su Pascua, el Señor nos ha mostrado su amor, como repetimos en el salmo. El Amor ansía amor. Si Dios es amor, lo que espera de nosotros es amor. Casi como una súplica, en el pasaje del Evangelio que leímos nos lo pide: “Permanezcan en mi amor”. Como si nos pidiera que no nos separáramos de él, porque quiere estar cerca de sus seres amados, de sus amigos. Jesús mismo nos dice cómo ser sus amigos: haciendo lo que nos manda, que no es otra cosa que amar a los demás. Y los demás son todos nuestros semejantes pues, como escuchamos en la primera lectura, Pedro se dio cuenta que “Dios no hace distinción de personas”. Así, el menaje de Jesús no implica amar sólo a los que nos aman, a los que nos caen bien, o con quienes tenemos compromisos. Es amar a todos, incluyendo a los que nos hacen el mal. Todos deseamos que a quien amamos le vaya bien. Es parte de querer a alguien. Deseamos su alegría. Si él se alegra, nosotros nos alegramos con él. Jesús, que nos ama infinitamente, quiere que nuestra alegría sea plena. Es por ello que su mandamiento es amar. Si amamos, alcanzaremos la alegría total. Señor: tú que eres amor, tu que eres quien más nos ama aunque no seamos conscientes porque, si lo fuéramos, nos volveríamos locos; tú que quieres que seamos plenamente alegres y por eso nos pides amarte y amar a los

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    demás; incendia nuestros corazones con el fuego de tu amor, el Espíritu Santo. A la causa de nuestra alegría, a quien dio sus células para que se formara el corazón más amoroso que ha habitado esta tierra, a Santa María, le pedimos que en esta Pascua nos ensanche el corazón, para que quepa más el amor de Dios, el mismo amor con el que amamos a Dios, y con el que amamos a los demás.

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    La Ascensión del Señor “Sepan que yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo”. Estas palabras de Jesús, unos momentos antes de ascender a los cielos, parecen contradictorias con lo que iba a suceder. ¿Cómo es posible que vaya a permanecer con nosotros si en este momento se va? En la primera lectura escuchamos que los apóstoles vieron elevarse a Jesús hasta que una nube lo cubrió. Esta nube nos recuerda la transfiguración, en donde una nube, de la que se oía la voz del Padre, ocultó a Jesús (Mc 9, 2-10). También nos recuerda a la nube en la que iba Dios para guiar al pueblo de Israel al salir de Egipto (Ex 13, 21). Esto quiere decir que Jesús se fue al Padre, como nos lo confirma san Pablo, en la segunda lectura, que explica que el Padre lo hizo sentar a su derecha en el cielo. Jesús no se fue a un astro, o al espacio. El cuerpo que fue concebido en María, que nació de ella, que murió en la cruz y que resucitó, se introdujo en la Trinidad, que no ocupa ningún lugar, porque trasciende al espacio. Así pues, Jesús se fue al Padre para estar en todos los lugares. Ya no está en un solo lugar del mundo, como antes de su ascensión, sino que está en todos los lugares. Está con nosotros en este momento, y al terminar esta celebración estará contigo y estará conmigo. Por eso se fue, para permanecer sin limitaciones espaciales. Por ello, no hay contradicción entre su promesa de permanecer y su partida: se fue para estar con nosotros. Antes de ascender hasta su trono, entre voces de júbilo y trompetas, como escuchamos en el salmo, Jesús mandó a sus apóstoles a hacer discípulos a todos los pueblos bautizándolos, como hemos leído en el Evangelio.

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    El bautismo y los otros seis sacramentos son signos sensibles y eficaces de la presencia de Jesús entre nosotros. En ellos podemos encontrarnos con Jesús desde el nacimiento hasta la muerte. Especialmente en la Eucaristía, en donde Jesús está realmente presente bajo la apariencia de pan y de vino. Cada sagrario es el cielo en la tierra. En el pan no podemos ver a Jesús con los ojos de la carne. Necesitamos de los ojos de la fe. Creer que ese pan no es pan, sino en las palabras de Jesús que dice “es mi cuerpo”. Para eso necesitamos elevarnos a la dimensión de la fe. Por eso, el sacerdote elevando un poco las manos dice al inicio de la plegaria eucarística: “levantemos el corazón”. Es una invitación a que dejemos la visión de este mundo, y elevemos el alma a la lógica de la fe, para descubrir a Jesús presente entre nosotros. Tras su resurrección, Jesús se le apareció a María Magdalena. Ella quería abrazarlo. Sin embargo, Jesús se lo impidió diciéndole que no podía “porque todavía no he subido al Padre” (Jn 20, 17). Jesús ya ha subido al Padre, y ahora podemos tocar en la Eucaristía el cuerpo concebido en María, nacido en Belén, que padeció, que resucitó y que subió al cielo. Señor: que en todo momento seamos conscientes de que estás con nosotros en el camino de la vida, que ascendiste al Cielo para poder estar en todos los lugares, y que nos esperas en la Eucaristía, en donde podemos tocarte y hablar contigo. En la primera lectura, escuchamos que Jesús les pidió a sus apóstoles ser sus testigos hasta los últimos rincones de la tierra. Ser testigos de su resurrección, pero también de su ascensión y de que él volverá como lo vieron alejarse. Eso nos lo pide a ti y a mí también. Por eso, en el Credo confesamos su resurrección, su ascensión, y que vendrá de nuevo con gloria para juzgar a vivos y muertos.

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    Nosotros somos los que esperamos que Cristo descienda manifestando su majestad. Por eso, los primeros cristianos repetían que en griego Maranatha, el Señor viene, como escribe san Pablo (1 Cor 16, 22), y le pedían “¡Ven, Señor Jesús!”, como dice el final del Apocalipsis (Ap 22, 20), lo que era una expresión común en su plegaria eucarística, que ahora nosotros repetimos tras la Consagración. En los momentos de dificultad en nuestra vida, podemos decirle “¡Ven, Señor Jesús!”. Ven a ayudarnos, porque estas angustias, estos problemas nos agobian mucho y sentimos que no podemos más. Y ten confianza de que Maranatha, el Señor viene para socorrernos. Sentirás la paz de Cristo en tu corazón. A Santa María, que esperaba la redención, que esperó durante nueve meses ver el rostro de su hijo, que esperaba la resurrección, y que ahora está en cuerpo y alma con su Hijo, le pedimos que llene nuestras vidas de esperanza en Jesucristo.

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    DOMINGO DE PENTECOSTÉS

    Misa de la vigilia “Brotarán ríos de agua viva". Con estas palabras Jesús se refiere al Espíritu Santo, como explica san Juan. Nosotros, que estamos sedientos vamos a Jesús, en quien creemos, pues ahí nos saciaremos bebiendo del Espíritu. El agua es el elemento de la naturaleza que hace posible vida. Por eso Jesús compara al Espíritu Santo con el agua, pues él Paráclito es el que nos vivifica. Por eso, en el Credo se le llama “Señor y dador de vida”. La primera página de la Biblia dice que al principio Dios creó el cielo y la tierra y que el espíritu de Dios se cernía sobre las aguas (Gen 1, 2). Cerner significa mover las alas, y también puede significar depurar o dejar caer polen. Así, el Espíritu aparece en el primer momento produciendo vida en el mundo. Al inicio del Evangelio de san Lucas, aparece el Espíritu Santo descendiendo sobre santa María para que la Palabra de Dios se hiciera carne en su seno. Nuevamente tiene una relevancia en un surgimiento, en la encarnación de Jesucristo. Aparece nuevamente el Espíritu Santo al inicio de los Hechos de los Apóstoles, dando vida a la Iglesia fundada por Jesucristo, poniéndola en marcha su misión de llevar la buena nueva a todo el mundo.

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    En boca del profeta Joel, Dios dice que derramará su espíritu sobre sus siervos y sus siervas. En esta vigilia de Pentecostés le pedimos a Dios que derramen su Espíritu Santo sobre nosotros. En la confirmación recibimos el don del Espíritu Santo. Pero es conveniente que le pidamos continuamente que renueve sus dones, que los intensifique en nuestras almas. “Ven Espíritu Creador”, dice un himno litúrgico. Lo llama así, porque él estaba aleteando sobre la tierra en la creación. Como creador le pedimos que venga a renovar el aspecto de la tierra, como dijimos en el salmo. Renovar nuestro aspecto, hacernos creaturas nuevas, que sólo vivan para dar gloria a Dios. Ven, Espíritu, para encender en nuestros corazones el fuego de tu amor, dice otro himno. Le pedimos que, así como descendió sobre María, se pose sobre nosotros para que, al renovar nuestro aspecto, haga que se encarne Cristo en nosotros, para que con el fuego de su amor encienda nuestros corazones y, como en crisol, les de la imagen de Jesús. En todas las Misas invocamos al Espíritu Santo para que transforme el pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre de Jesús. También podemos invocarlo en nuestro corazón para que descienda sobre nosotros y nos transforme en otros cristos. Ven, Espíritu Santo, para seguir impulsando a la Iglesia en el cumplimiento de su misión de anunciar el Evangelio en todo el mundo, empezando por nuestra casa, en donde debemos ser testigos del Resucitado con nuestra palabra y nuestro ejemplo.

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    San Pablo nos explica que el Espíritu es quien intercede por nosotros porque nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene. Es por ello que debemos abandonarnos con total confianza en él, que es nuestro abogado. Dejar que sea el Espíritu Santo quien guie nuestras vidas, aunque a veces pensemos que no nos guste su camino, porque preferimos quedarnos en nuestros horizontes limitados, cerrados y egoístas. Aunque María no entendía, y preguntó al arcángel Gabriel “¿Cómo puede ser eso posible?” (Lc 1, 34), ella dijo “que se cumpla en mí”. A ella le pedimos que interceda ante su Esposo para que venga a renovarnos, a hacernos a imagen de su Hijo, a hacernos más Iglesia, dejando actuar al Espíritu Santo.

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    Misa del día “Reciban el Espíritu Santo” Estas palabras de Jesús van precedidas de un gesto uy significativo: sopló sobre los Once. Les transmitía su aire, lo que llevaba dentro de sí, el Espíritu Santo. El aire que tenemos en los pulmones es lo que nos permite hablar al mover las cuerdas vocales. Si tenemos el aliento de Dios, el Espíritu Santo, podemos hablar las cosas de Dios. Por eso es que en la segunda lectura san Pablo dice que nadie puede llamar “Señor” a Jesús si no es bajo la acción del Espíritu Santo. Sin el aliento divino, nuestras cuerdas vocales no se mueven para invocar a Dios. Los apóstoles recibieron este soplo divino. Por la imposición de las manos, los apóstoles se lo transmitieron a sus sucesores. Ellos, a su vez, a sus sucesores. Y así ha pasado hasta sus actuales sucesores, los obispos. Los actuales obispos repiten este gesto de Jesús en la Misa Crismal, cuando soplan sobre el aceite mezclado con perfume, y así lo consagran como Santo Crisma. Ese Crisma confeccionado con el soplo del obispo es el que se le impone en la frente a los confirmados, mientras les dice: “Recibe por esta señal el don del Espíritu Santo”, recordando las palabras de Jesús que hemos escuchado. Los que no han recibido la confirmación, deben de empezar a prepararse para recibirla, porque es un gran don, que nos introduce más profundamente en la filiación divina, nos une más firmemente a Cristo, hace más perfecto nuestro vínculo con la Iglesia, aumenta en nosotros los

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    dones del Espíritu Santo, y nos concede una fuerza especial para difundir y defender la fe mediante la palabra y las obras. Y todos los que ya la recibimos, podemos hacer hoy un acto de renovación de nuestro deseo de que estos dones sigan creciendo, que seamos instrumentos dóciles, que dejemos mover nuestras vidas por los soplos del Espíritu Santo. Con la secuencia, le pedimos al amable huésped que entre hasta el fondo del alma para darnos virtudes y méritos. El soplo de Jesús ocurrió el día de la Resurrección. A los cincuenta días de la Pascua se celebraba Pentecostés, que era una de las grandes fiestas judías. Su origen fue dar gracias a Dios por la cosecha de los cereales, pero después se le añadió el motivo de conmemorar la promulgación de la Ley de Dios dada a Moisés, del pacto con Israel. Pentecostés es para nosotros, la fiesta del nuevo pacto, la fiesta de la alianza de Dios con todos los pueblos de la tierra. Porque a la Iglesia, a este único cuerpo de Cristo que conformamos judíos y no judíos, se le ha dado a beber el mismo Espíritu, y es misionera y católica, universal, desde su origen. Por ella, todos pueden oír de las maravillas de Dios en su propia lengua. Estando el día de Pentecostés reunidos los apóstoles, se consumó la efusión del Espíritu Santo que les había entregado el Resucitado. Como escuchamos en la primera lectura, descendió en forma de lenguas de fuego. El fuego es siempre un símbolo del amor, porque el amor arde y consume a quien ama. El fuego también es usado para poder moldear los metales. Se les calienta en el fuego para ablandarlos y poderles dar una nueva forma. Por eso, el fuego simboliza la energía transformadora de los actos del Espíritu Santo.

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    El Espíritu Santo nos dará el calor necesario para que nuestro ser tome la forma de Cristo. Para adoptar esta forma, nos va a ir inspirando cambios que debemos realizar. Por eso, en nuestra relación con el Espíritu Santo es muy importante que lo escuchemos. Más que hablarle, hay que escucharlo. Y luego, ser dóciles a sus inspiraciones, para poder realmente transformarnos en Cristo. Queremos que Pentecostés no se reduzca a una mera conmemoración, sino que sea un acontecimiento de salvación, debemos disponernos a escuchar al Espíritu Santo, y a ser dóciles a sus inspiraciones. Aprendamos de María, la Madre de la Iglesia, la Esposa del Espíritu Santo, que en medio del silencio y de la oración, recibió por primera vez al Espíritu Santo en Nazaret. Aprendamos de su humildad y docilidad, que la llevó a decir “que se cumpla”. Así, el Espíritu hará que en nosotros tome nuevamente carne Jesucristo.


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